Cena con Giacomo

images Me abre la puerta él, todo elegante y seductor. Un abrazo cariñoso y una sonrisa superficial en sus labios. Físicamente me recuerda a un Donald Sutherland rellenito pero tiene el porte de Mastroianni en “La nuit de Varennes”. Me sorprende ver la mesa vacía, solo con una botella de Marsala y dos vasos.

 Sagaz, Giacomo capta mí sorpresa y con un tono entre sarcástico y reprobador comenta:

 – El Marsala no es un anacronismo, yo lo conocía antes que Woodhouse y realmente, dejando a un lado el chianti, que no hace con mi carácter, los vinos norteños me producen arcadas.

 Asiento sin mediar palabra, aún sorprendido

 – No se preocupe usted, por lo que refiere a la cena, ahora mismo la preparamos entre los dos, algo, sencillo, saludable, algo para salvar una vida.

 Nos acercamos a la pequeña cocina donde ya hierve el agua dentro de una gran olla.

 – Escurridizo, lo veo, Sr. Casanova, ¿“espaguetis” con mantequilla?

 – Con mucha mantequilla. Tendría que ser el plato de excelencia para todos mis admiradores. Pocos recuerdan ya como, gracias a este plato, logre escapar de la lúgubre prisión veneciana. Pobres inquisidores, se les debió quedar una cara de estúpidos. Con este plato, volví a nacer.

 Tira los “espaguetis” en el agua y se acerca a la mesa, me ofrece un vaso y degustamos ese Marsala dulzón, delante de los fogones. Trasiega el vino con arte y lo bebe con afición. A la tercera copa mis reflejos se vuelven lentos pero él continua como si nada, parece un pozo sin fondo para el Marsala y para los buenos modales. Se ve que es un hombre que ama el contacto físico pues acompaña sus explicaciones cogiéndome ora del brazo, ora acariciándome las mejillas.

 A la quinta copa los espaguetis están listos y ya me ha contado como, untándose el cuerpo de mantequilla consiguió pasar entre los barrotes de su celda. Llena dos platos con cuidado y se los pone hábilmente sobre su brazo derecho, como si hubiese vivido trabajando de camarero. Me insta a coger la botella – Hazla seguir – y cogiéndome de del brazo izquierdo me conduce a la mesa.

 Unas cuantas copas más mientras saboreamos el insípido pero liberador manjar. Creo que sería capaz de cantar subiéndome a la mesa. Mi mente esta nublada y sus ojos vidriosos. Es gracias a esos ojos que puedo entrever su vejez y su derrota. Continua hablándome del pasado, de sus proezas, pero es algo que tanto él como yo vemos lejos. Si no fuera por su seguridad, su tacto y por esa peculiar nariz, no se podría reconocer en él al seductor de media Europa.

 Giacomo tiene solo sus memorias y su triunfo se debe a los nombres que aparecen al lado del suyo. Fue un visionario, un visionario que no vio lo que se avecinaba, que el mundo estaba por cambiar, fue el último héroe de un régimen caduco, el último (o el único) producto notorio del “Anciene Régime”.

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