Como un niño en una heladería

descargaPerdí el interés en el verano cuando acabó mi etapa escolar y redujeron el tiempo libre del que disponía en esta estación. Desde entonces esta época del año me resulta tediosa y salir a la calle un esfuerzo herculino. No fui diseñado para soportar altas temperaturas, por eso me creo enemigos constantemente poniendo el aire acondicionado (junto al ascensor el mejor invento desde la penicilina y el jabón) a temperaturas otoñales. Exponerme al contacto de desconocidos que han cambiado las chaquetas y abrigos por una patina resbaladiza de sudor es desagradable e incluso antihigiénico, nunca se agradecerá lo suficiente al ayuntamiento de Barcelona que prohibiera ir por la vía publica sin camiseta. Sin olvidarme de la obsesión generalizada para alegría de fetichistas, de mostrar los pies públicamente con esas sandalias horteras, que por mucho que intentéis auto convenceros nunca ha sido un calzado cómodo para andar, ni los pies una parte del cuerpo para mostrar. Pero no quiero aburriros con la lista sinfín de inconvenientes veraniegos y me centrare en lo único con lo que disfruto de estas fechas… Las heladerías.

Y no me refiero a esas paradas de helados comerciales que aparecen de la nada en los barrios a partir de junio, si no a esos comercios especializados en helados artesanales que quizás han abusado demasiado del concepto “italiano”. Esas heladerías donde una pareja de enamorados puede disfrutar compartiendo un batido sin resultar demasiados empalagosos. Estos sitios son lo más parecido a viajar en el tiempo que nosotros llegaremos a ver.
Cada vez que entro a una de estas heladerías decoradas con alegres tonos pastel y estética de los cincuenta, mi cabeza retrocede rápidamente, al ritmo de la canción downtown de Petula Clark, a mi más feliz infancia. Sintiendo la misma excitación que tenia de pequeño cuando mis padres me llevaban a una ante la imagen de las decenas de sabores diferentes y el desasosiego de que me llegue el turno sin saber decidirme por cual es la mejor opción. Incluso me atrevería ha decir que mi voz vuelve al timbre original de antes de la adolescencia, cuando me despiertan de mis ensoñaciones para preguntar que es lo que deseo.

Obviamente hay cosas que han cambiado desde aquellos tiempos. Ahora estoy más pendiente del escote de la dependienta cuando se inclina sobre la bandeja que de si me parece justo o no la proporción de helado que sirve, sonrío estúpidamente con la similitud a lo observado anteriormente que tienen las dos bolas de diferente sabor, en vez de estudiar concienzudamente por donde he de empezar a lamer para disminuir el riesgo de que se caigan una vez el horrible calor deshaga el suculento postre. Pero a pesar de mi perdida de inocencia las heladerías siguen siendo uno de los pocos lugares donde no tienen cabida las preocupaciones ni dramas y se vive por unos minutos con verdadera alegría, solo por eso merece la pena que visitéis estos comercios con cierta asiduidad durante las vacaciones. Seréis más felices sintiéndoos como niños, disfrutareis del placer de paladear uno de los alimentos más divertidos que existen y quien sabe si evitareis que estas pequeñas fabricas de Willy Wonka, desaparezcan a causa de una crisis económica impecable. Porque es una lastima que terminen siendo un recuerdo de la infancia, lugares donde incluso cuando sales ilusionado con tú helado tropiezas y lo tiras al ardiente suelo, resulta una moraleja de la que aprender, la vida en el exterior es un asco y los cucuruchos no son para torpes.

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